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La Coctelera

Al-Andalus. ¿Paraiso perdido? ¿Tres culturas en convivenci

Saber la verdad, superar la ignorancias sobre Al-Andalus para evitar choques y recelos culturales mutuos.

Categoría: Historia

18 Octubre 2006

El Islam: Una ideología religiosa

El Islam: Una ideología religiosa

por Rubén Calderón Bouchet

La religión es un conocimiento rodeado de una serie de prácticas culturales que el hombre ha recibido del propio Dios, con las características de un contrato de adhesión, cuyas cláusulas debe respetar si quiere organizar su vida de acuerdo con los designios de la Divina Providencia.

¿Por qué una ideología?

El término ideología aplicado a la religión de Mujamad (Mahoma) no es una ocurrencia nuestra. En su oportunidad fue usado por Máxime Rodinson para dar cuenta y razón de la religión islámica cuando se ocupó del asunto en su libro sobre Mujamad (Mahoma).

No obstante, detrás del uso de una misma palabra, hay en Rodinson un trasfondo, llamémoslo filosófico, que difiere totalmente de éste que constituye el fundamento de nuestra personal posición. Para Rodinson la ideología nace de los cambios introducidos en el pueblo árabe por la fuerza de una economía comercial que impone, a la antigua organización tribal comunitaria, otra de tipo individualista sugerida por el auge de los nuevos criterios económicos. Indudablemente, para Rodinson no existe la religión como una realidad independiente de un estado particular de conciencia determinado por una relación específica entre el hombre y los medios de producción. La religión se convierte así en un ingrediente de la compleja respuesta que damos a las necesidades prácticas de la vida y que constituye algo así como la salsa poética en la dura prosa del proceso económico.

Menos racionalista que el Profesor Rodinson, creo que la religión es un conocimiento rodeado de una serie de prácticas culturales que el hombre ha recibido del propio Dios, con las características de un contrato de adhesión, cuyas cláusulas debe respetar si quiere organizar su vida de acuerdo con los designios de la Divina Providencia. Lee más

Fuentes: http://www.arbil.org/107cald.htm

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10 Septiembre 2006

Recuerdos de la conquista de Sevilla en Santander

Recuerdos de la conquista de Sevilla en Santander
Situado en el barrio de Monte, Casa Ciana es desde su apertura en 2004 uno de los restaurantes más recomendables de Santander, gracias a la inmejorable calidad de sus productos, asegurada por la experiencia de su propietaria, María Ángela Villa

Para ver foto y noticia:

http://www.eldiariomontanes.es/prensa/20060909/sociedad/recuerdos-conquista-sevilla-santander_20060909.html

En el año 1118 el radical teólogo y predicador musulmán Muhammad ibn Tumart se refugió con sus seguidores en Tinmal, en plena cordillera del alto Atlas, huyendo de sus enemigos los almorávides, contra los cuales dirigiría el grueso de sus ataques dialécticos y armados, bajo el manto de la Guerra Santa. Seguro en su bastión, se autoproclamó 'mahdi' (elegido) y organizó eficazmente su comunidad de 'al-muwahhidun' (almohades, confesores de la unidad de Dios) e integrada por diversas tribus bereberes, siguiendo el ejemplo de Mahoma y los primeros tiempos del Islam.

Su sucesor, Abd al Mumín, capitalizó la obra de ibn Tumart y se lanzó exitosamente sobre el imperio almorávide y los reinos bereberes, llegando a controlar el Magreb y al-Andalus.

Nacido entre convulsiones, el movimiento almohade se fue fracturando y en 1212 entró en crisis tras la célebre batalla de las Navas de Tolosa, en la que fue vencido por los ejércitos de los reinos del norte de la Península Ibérica. La derrota almohade marcó el ocaso de al-Andalus, que conoció la formación de las terceras taifas y el decisivo avance cristiano, bajo los liderazgos de Jaime I de Aragón y Fernando III de Castilla, que redujeron los gobiernos musulmanes al reino nazarí de Granada.

El escudo y la pila

Rey de León desde 1230, Fernando se hizo sucesivamente con el dominio de Córdoba -capital del antiguo califato, conquistada en 1236-, el reino de Murcia y Jaén, antes de tomar Sevilla en 1248. La pugna por esta última ciudad supuso una larga campaña de varios años y en ella destacó la intervención de una flota de naves cántabras, capitaneada por Ramón Bonifaz, que tuvo el cometido de controlar la orilla derecha del Guadalquivir -lugar de emplazamiento de las fortalezas de Triana y Aznalfarache a través de las cuales la urbe recibía ayuda.

El escudo de Santander recrea el momento en que los barcos cántabros rompen el puente de barcas que unía Triana y Sevilla, mostrando una embarcación que rompe las cadenas de la torre del Oro -entonces unida a la muralla sevillana y cubierta en su parte superior de azulejos dorados.

Por otro lado, en la girola de la catedral de Santander se conserva una pila de agua con una inscripción en árabe en caracteres cúficos -una escritura angular de contornos claros, que fue empleada para fijar el Corán hasta el XII- que la tradición considera un trofeo de la toma de la ciudad andaluza.

Encajada en el pasado en un pilar del templo, en la actualidad se presenta sobre un pilar tallado en estilo nazarí. El arabista Emilio García Gómez tradujo así la transcripción de su adorno caligráfico: «Soy en mi pureza más esplendorosa que el cristal de roca. Mi cuerpo está hecho de blanca plata. Cuando viene a juntarse conmigo el agua límpida, parece perla que se derrama en un hueco cóncavo. Élla es en realidad inferior a mí, aunque yo soy también un cuerpo hecho de agua sólida».

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18 Julio 2006

El paraíso que nunca existió

El paraíso que nunca existió
Serafín Fanjul

http://www.libertaddigital.com/php3/opi_desa.php3?cpn=28555

Aznar fungía de Aznar, de adulto rompejuguetes peligrosos de niños bobos, asumiendo la antipatía del papel y dejando claro –demasiado ante quienes detestan la claridad– que huelgan las sonrisas de disminuido profundo

Hace unos días asistí a la presentación del último libro de Gustavo de Arístegui (La Yihad en España), obra más que recomendable y conveniente si queremos ir completando una imagen real, –y por ello incomodísima– de nuestras relaciones con el islam de antes y, sobre todo, de ahora. En el curso de su intervención el autor manifestó su resuelto intento de reivindicar la figura y la actuación de gobierno de José María Aznar. Se refería no tanto al conjunto total de medidas y actuaciones políticas del anterior presidente como a alguna parcela muy en especial: la relacionada con los árabes y la religión islámica, por la incidencia sobre todo final que revistieron en su mandato y por las evidentes manipulaciones y explotación a que se vieron sometidas a manos de un sector demasiado nutrido de los medios de comunicación.

De manera particular recordó Arístegui la primera conferencia pronunciada por Aznar en Georgetown, y que desencadenó una avalancha de críticas cuando no de burlas provenientes de políticos pisaverdes, periodistas ganapanes, bachilleras y zascandiles varios que, de repente, enarbolaron sus inexistentes doctorados en historia medieval y hermenéutica islámica y lo condenaron como provocador, ultramontano e ignorante. La verdad es que, dijera lo que dijera, lo iban a condenar igual: a este señor la izquierda de altos vuelos intelectuales (Pepiño, Montilla, Roldán) o la de honradez acrisolada (Juan Guerra, Vera, Rubio, Corcuera, Barrionuevo, más Montilla y más Roldán) no puede perdonarle no haber metido la mano en la caja, haber demostrado que no se precisaba el crimen de estado para arrinconar a la ETA y, sobre todo, lo peor de todo, haber anunciado –y cumplirlo– su retirada cuatro años antes de hacerlo, cuando se hallaba en la cresta de la ola. Estas cosas ni se perdonan ni se entienden siquiera. Pero la oleada de críticas no vino de nada de esto, sino de su afirmación acerca del comienzo de nuestros conflictos con el islam, que empezaron –afirmó Aznar y es imposible rebatirle– en el año 711 con la invasión musulmana.

Una evidencia. Y sin embargo, se lanzaron a crucificarle sin haber oído ni leído el texto de marras (el 99’99 % de los españoles), incluidas personas que se hallaban en Georgetown por esas fechas pero que no asistieron al acto. Recuerdo al respecto una carta al Director publicada en La Vanguardia de Barcelona de una persona –o sé con seguridad absoluta por habérmelo referido la autora– que no estuvo presente pero que vilipendiaba al anterior presidente por mancillar el alma mater universitaria, por dejar en ridículo a los españoles, por desconocedor atrevido y por sus malos conocimientos de inglés. Imposible sacar más y mejor rentabilidad de una lectura de oídas, ese género literario tan en boga en nuestras tierras, incluso cuando pateamos el extranjero. Y total, Aznar sólo había levantado acta de algo fuera de discusión: nuestros conflictos con el islam empezaron por obra y gracia del moro Muza y de su avanzadilla Tariq ibn Ziyad. Fue así.

Por mor de exactitudes antropológica, histórica, cultural, social y hasta folclórica podrá discutirse si aquellos hispanos, o hispanovisigodos del siglo VIII éramos nosotros; qué proporción racial, biológica, de civilización se ha mantenido en la Península a partir de aquellas gentes; si los conversos al islam, de grado y por fuerza, en los siete siglos subsiguientes mantuvieron y en qué cantidades las huellas hispanorromanas; si los musulmanes andalusíes permanecieron en Hispania a medida que avanzaba la Reconquista (más bien, con regularidad, no); si los cristianos del norte eran, o no, herederos directos y verdaderos de aquellos hispanovisigodos; si los mozárabes –o sea, cristianos sometidos– se arabizaron más o menos culturalmente y si se fugaban hacia el norte siempre que podían a causa del excelente trato que recibían de sus dominadores muslimes... Todo eso es matizable en diversos grados y maneras, pero lo incontrovertible es que la invasión musulmana truncó la historia de la Península y le imprimió un giro inesperado del cual se libraron la mayoría de los países a la sazón europeos, ya latinos, ya germánicos.

Como tampoco es posible negar que la nación española se forjó a la contra del islam, resultado de no querer ser musulmanes, en un proceso dilatadísimo de tenacidad y conciencia colectiva, al principio limitándose a sobrevivir a las aceifas e incursiones depredadoras y de exterminio con que regalaban a los “gallegos” (casi todos los norteños) los emires de Córdoba en cada estío (eso significa “aceifa”: expedición militar de verano), después –desde el siglo XI– cobrando conciencia, desde el imaginario popular a los lemas y divisas nobiliarios y reales, del imperioso mandato histórico de recuperar y reconstruir una “nación” que siguiese el rastro de la monarquía visigoda. Se pueden discutir y matizar los detalles o, incluso, las grandes valoraciones globales, pero no negar los hechos ni cargar contra un adversario político que se limita a dejar constancia de los mismos, máxime ante un auditorio nada sobrado de conocimientos de historia de España.

Bien es cierto que Aznar estaba reventando el gran descubrimiento que en esos días Rodríguez había destapado para disfrute y gloria de la Humanidad entera: la Alianza de Civilizaciones, casi ná; y además, sugería que la historieta del paraíso andalusí requería más prudencia y menos fantasía; o sea, Aznar fungía de Aznar, de adulto rompejuguetes peligrosos de niños bobos, asumiendo la antipatía del papel y dejando claro –demasiado ante quienes detestan la claridad– que huelgan las sonrisas de disminuido profundo, las “disparateces” de Moratinos y las “extratégias” de Rodríguez si lo que anda en juego –y anda– es la subsistencia de nuestra sociedad, libre y abierta como es, la conservación de nuestras catedrales de Burgos o Bamberg, el sentido de nuestra –y bien nuestra– iconografía cristiana, la perduración trasatlántica del español o el alcance de “La Carga de los Mamelucos” que, por cierto, también eran musulmanes. En fin, hablamos de ese al que los árabes denominan “Paraíso perdido” y que sería mejor llamar “El que nunca existió” como tal.

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1 Junio 2006

Juan José Valle presenta en Palma el libro «El alma del guerrero»

Juan José Valle presenta en Palma el libro «El alma del guerrero»

http://www.ultimahora.es/segunda.dba?-1+10+361396

L.M.

La sede de ARCA acogió ayer por la noche la presentación del libro «El alma del guerrero», de Juan José Valle. El volumen narra las hazañas de un príncipe mallorquín, Yahya «el Mallorquín», que contribuyó a la caída del imperio almohade y a la desintegración del Al-Andalus.

«Los personajes, ciudades, batallas y demás hechos son reales, soportan la investigación más rigurosa», afirmó el investigador histórico. El imperio de Yahya «el Mallorquín» se extendió desde Argel hasta los oasis de Fezzan, «casi en las puertas de Egipto». «Luchó 52 años contra el imperio almohade, un periodo de tiempo muy extenso».

¿Cómo terminó «el Mallorquín» con el imperio almohade? «Cuando el califa Yaqud al-Mansur sitiaba Toledo, se sublevó en Túnez y Libia y le obligó a volver al Magreb, salvando Castilla. Cuando el califa Al-Nasir invadía la Península, se volvió a sublevar, contribuyendo a la derrota de las Navas de Tolosa. Él hizo que el imperio almohade se desintegrara. Poco después de estas sublevaciones, Mallorca, Córdoba y Sevilla cayeron en manos cristianas». Estas hazañas no se estudian en Balears, «pero sí se explican en las escuelas del Magreb». El libro incluye poemas reales, «los cronistas de aquella época siempre daban constancia de lo ocurrido».

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7 Mayo 2006

Nuestras Islas y los Taifas

Nuestras Islas y los Taifas

MIGUEL NIGORRA OLIVER

Los geógrafos e historiadores del Califato de Córdoba habían llamado a las Islas Baleares, desde su perspectiva de poniente, «las islas orientales de Al-Andalus», mientras hoy los cronistas políticos catalanes, desde la perspectiva del norte, las llaman sencillamente «les illes». En ambos casos se manifiesta una cierta impresión de accesoriedad o quizá, aunque preferiría no pensarlo, de desprecio. Al final del primer milenio era comprensible la minusvaloración de nuestras islas puesto que el único atractivo que ofrecían estaba representado por las escalas técnicas y por el intercambio que ofrecían a la navegación mediterránea pues la verdadera base de la riqueza se centraba cerca de los ríos que daban feracidad a las ricas vegas que regaban. Pero hoy «la insularidad» ha pasado de escala técnica a ser fuente de creación de una nueva riqueza, que excede del simple turismo, por la aportación hecha por el transporte aéreo que salta con facilidad y poco coste los antiguos obstáculos de las montañas y el mar.

No creo que con los nuevos estatutos que se avecinan España se rompa, aunque es muy probable que se debilite de tal forma que se puede quedar como la víctima de un accidente de tráfico que no se muere en el encontronazo pero resulta tan tocada que se queda tetrapléjica. Y aquí, por desconocimiento o por irresponsabilidad, todo el mundo parece encantado. Con la cantinela del suave y democrático camino hacia la paz o con la profundización de la virtudes de los nacionalismos, los costes económicos que todo ello supondrá, más los que vengan por la complicación y ambigüedad de las nuevas competencias, tanto si son repartidas, compartidas ó superpuestas y envueltas en la inseguridad jurídica que siempre ayuda al consenso político a corto plazo, tales costes, repito, pueden llevar a la pérdida de la fuerza y velocidad de crucero que nuestra economía ha obtenido.

Tampoco se rompió el Islam español cuya máxima cota de poder y prestigio se había obtenido con el Califato, pero se debilito gravemente con la aparición de las Taifas en las que la pérdida de poder no impidió una época de notable desarrollo cultural y artístico que en aquel momento era incluso superior al de los reinos cristianos, nacidos en la dureza de las montañas del norte, que fueron al final los vencedores. La debilidad sobrevenida por las Taifas no se resolvió con las nuevas ayudas africanas y la fuerza impresionante de los almorávides y los almohades que no se integraron en una población de cultura superior que había sumado a su sólida base romana y visigótica lo mejor del Islam, que además había aportado desde oriente lo más avanzado de la ciencia y filosofía griegas. Con la disolución del Califato nuestras islas pasaron a depender de la Taifa de Denia, lo que podría ser un aviso de que hoy podrían pasar a depender de la Taifa catalana.

Ante esta perspectiva global ¿cuál es, en las islas, nuestro futuro? ¿cuáles son nuestras armas para ganarlo? Si escuchamos a nuestros políticos o a la mayoría de nuestros intelectuales, nuestras armas son y serán el victimismo frente Madrid, el lloriqueo estilo Boabdil, el despilfarro en todas sus múltiples variantes y ricos matices, la subvención sistemática a todo y passar sa basina por Europa con la monserga de alterar la geografía cambiando nuestra insularidad mediterránea, para que se equipare con la de las islas «ultraperiféricas». Si con todo nuestro lloriqueo no se conmueven los europeos, también passarem sa basina por delante de la Generalitat, -reconoceremos la capitalidad de Barcelona para nuestra incipiente y ridícula Eurorregión, impondremos obligatoriamente a todos el .cat, aceptaremos un trilingüismo descafeinado con predominio absoluto del catalán estándar o crearemos algún otro invento «sin importancia» para ir tirando.

¿De qué nos sirve haber alcanzado en nuestras islas un desarrollo por encima de la media de las regiones europeas? ¿Por qué seguir mendigando y en cambio despreciamos el ejemplo dado y los recursos creados por nuestros mejores empresarios que han saltado el Océano, que han sido considerados en su especialidad, lo mejor del mundo? ¿Por qué no aprovechar todas nuestras inmensas posibilidades insulares? ¿Vamos a seguir jaleando a nuestros dirigentes, del color que sean, por su miopía de no ver más lejos de la fecha de las próximas elecciones?

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